Marketing & IA

El regreso del Todólogo: de los griegos a la IA

Cuando el saber dejó de servir para entender y empezó a servir para producir

El regreso del Todólogo: de los griegos a la IA

Hay algo que me viene persiguiendo hace meses.

Trabajo como director de marketing y ventas en una empresa de seguridad privada en México. En paralelo desarrollo herramientas y flujos digitales, escribo poesía, compongo música, tengo un canal de Youtube y manejo proyectos de diseño y desarrollo de aplicaciones para clientes internacionales. A cada uno de estos intereses le invierto horas de estudio, investigación, pensamiento analítico, preguntas y contrarrespuestas. Todo con el objetivo de hacerlo lo más excelentemente posible.

Pudiera pensarse que marketing y ventas es mi trabajo real y todo lo demás son hobbies o part times. Y en cierta medida es verdad. Pero no funciona del todo así. Cada cosa que hago se convierte en ventaja competitiva. Las herramientas que programo, los flujos que creo, incluso la sensibilidad artística que uso para poesía y música, todas son piezas imprescindibles para ejecutar el crecimiento empresarial que desarrollo. La gente me pregunta cómo hago tantas cosas. La verdad es que no sé si lo hago bien. Pero sé que en el futuro será cada vez más común buscar profesionales con diversas habilidades que, más que nada, tengan el criterio para tomar la decisión correcta en el momento oportuno.

En el siglo XV, si le preguntabas a alguien qué era, te respondía: “Soy una persona.” Ahora te dice: “Soy ingeniero de sistemas especializado en bases de datos relacionales.” Algo pasó en el medio. Y ese algo está empezando a revertirse.

Cuando era legítimo cruzar fronteras

Hay una idea equivocada sobre el pasado. Pensamos que los griegos sabían de todo porque había menos conocimiento disponible. Que Aristóteles escribía sobre biología, física, ética y política porque el mundo entero cabía en una biblioteca. Eso no es correcto.

En la Grecia de Platón había médicos, matemáticos, retóricos. Había diferenciación de saberes. No es que Aristóteles era médico profesional o que Da Vinci era jurista. Pero podían pensar sobre esos temas sin que nadie los expulsara por intrusismo. Newton podía escribir sobre profecía con la misma seriedad académica que sobre cálculo, y nadie le decía quédate en tu carril.

El conocimiento ya estaba dividido. La diferencia es que no había un sistema que te segmentara como persona. No había una máquina que te asignara una función y te castigara por salirte de ella. Podías moverte entre áreas porque el mundo no te necesitaba como pieza de engranaje. Te necesitaba como pensador.

Eso duró hasta que la modernidad lo destrozó.

El problema no fue que creciera el conocimiento

Aquí está la parte que casi todo el mundo malinterpreta. Se pudiera argumentar que la especialización nació porque había demasiado conocimiento. Que era imposible que una persona supiera de todo. Y sí, eso es parcialmente cierto. Algunos campos crecieron tanto que necesitaban vidas enteras de estudio. Física cuántica. Biología molecular, etc.

Pero esa no es la fuerza principal. La fuerza principal fue la máquina industrial y el naciente mercado moderno.

Un oncólogo no es más especializado que un médico general porque haya demasiado conocimiento sobre cáncer. Es especializado porque el sistema hospitalario necesita alguien que maneje los productos, procedimientos, protocolos y flujos de ese mundo específico. Si fuera solo por conocimiento, un médico podría agarrar una segunda especialidad en dos años y luego una tercera y una cuarta y servir en todas a la vez al mismo ser humano enfermo. El problema no es el volumen de información. El problema es que el sistema necesita piezas humanas asignables a una función.

Hay tres fuerzas detrás de la especialización. Una es epistémica: sí, algunos campos crecieron. Otra es institucional: licencias, certificaciones, jerarquías. Pero la tercera es la decisiva, y es económica-industrial. El sistema necesita que tú seas una cosa. Que hagas una cosa. Que produzcas una cosa. El saber dejó de servir para entender y empezó a servir para producir.

Y en cuanto eso pasa, se acabó la libertad de cruzar fronteras. Porque el sistema no te va a pagar por ser curioso. Te va a pagar por encajar en un slot. Y si no encajas, estás afuera.

Eso no pasaba con Newton. Newton podía escribir de profecía porque nadie lo necesitaba como engranaje. Lo necesitaban como pensador. Su valor estaba en su cabeza, no en su capacidad de ejecutar una tarea repetible dentro de un flujo productivo.

Durante los últimos cien años, tu valor estuvo en qué tan bien ejecutabas tu función asignada. El tipo que sabía todo sobre motores de combustión interna pero nada más tenía empleo garantizado. No porque fuera mejor pensador. Porque encajaba perfectamente en un slot del sistema.

Y la cultura se adaptó. Empezamos a celebrar al experto. Al tipo que dedicó su vida a un pedacito microscópico de la realidad. Lo llamamos riguroso. Lo llamamos serio. Y al que se movía entre áreas lo llamamos diletante. Superficial. Alguien que no se compromete. Todólogo.

Pero el problema real es que los descubrimientos quedaron atrapados en silos. Alguien en psicología descubría algo sobre la toma de decisiones. Alguien en economía descubría algo sobre mercados. Tardaban mucho en conectar las teorías y los descubrimientos porque nadie sabía suficiente de ambos para ver el puente. El mundo se volvió un rompecabezas donde cada persona tiene una pieza pero nadie ve la imagen completa.

Ese sistema acaba de empezar a colapsar.

La IA abarata el costo de cruzar fronteras

La inteligencia artificial no elimina al especialista. Eso sería una tontería. Seguimos necesitando al tipo que dedicó veinte años a estudiar oncología. Pero lo que la IA sí hace es bajar el costo de entrada a terrenos que antes estaban cerrados.

Antes, si yo necesitaba entender cómo funciona un algoritmo de machine learning, tenía dos opciones. Pasar seis meses estudiando, o contratar a alguien que ya estudió. Ahora tengo una tercera opción. Le pregunto a una IA que fue entrenada con todo el conocimiento disponible sobre el tema. Y me da acceso rápido a lo que los expertos saben.

No estoy diciendo que eso me convierte en experto. Estoy diciendo que puedo moverme en ese terreno sin haber dedicado diez años de mi vida a especializarme. Y eso cambia todo.

Porque el generalista vuelve a tener valor. Durante los últimos cien años, la ventaja competitiva estuvo en saber muchísimo de muy poco. Ahora esa ventaja se está moviendo hacia el tipo que sabe lo suficiente como para auxiliarse de la vasta expertise de la IA y tomar decisiones informadas sobre varias cosas que se pueden y deberían conectar.

El conocimiento especializado ya no es un monopolio. Está comprimido, accesible, consultable. Lo que no está comprimido es la capacidad de ver el panorama completo. De conectar ideas de dominios diferentes. De formular las preguntas correctas. De entender contexto.

Eso no lo hace la IA. Lo hace el humano que aprendió a moverse entre mundos.

Yo trabajo en seguridad privada. Tengo que vender contratos a empresas. Eso requiere entender el negocio, psicología del comprador, diseño de propuestas, copywriting, análisis de datos para saber qué campañas funcionan. Domino algunas de estas áreas, pero no todas. Sin embargo sé lo suficiente de todas para saber dónde buscar, qué preguntar y cómo evaluar el resultado. De esa manera es posible armar algo que funciona.

Y cuando necesito profundidad en un área que no manejo, puedo dedicar algunas horas o días para interactuar con un tutor que contiene todo el conocimiento humano: la IA. Necesito entender un concepto de análisis de datos, le pregunto, debato, pido bibliografía, consulto lo que no comprendí, y así hasta obtener lo que busco.

Necesito un primer borrador de código para automatizar algo, lo genera. Necesito investigar sobre psicología del consumo, me da referencias y explicaciones. Esto antes no era posible. Antes tenías que ser experto o contratar experto. Ahora puedes ser generalista con acceso instantáneo a conocimiento experto. Y eso te devuelve algo que perdimos. La libertad de cruzar fronteras.

El que sabe preguntar gana

La IA es tan buena como las preguntas que le hagas. Y hacer buenas preguntas requiere entender el contexto más amplio.

Si le preguntas a ChatGPT “cómo hago SEO para mi sitio”, te va a dar una respuesta genérica que ya sabes. Pero si le preguntas “cómo optimizo un sitio de seguridad privada B2B en México considerando que los tomadores de decisión son directores de operaciones de empresas medianas que priorizan confiabilidad sobre precio”, mientras le subes un benchmarking con un scraping previo de las webs de los competidores y solicitas que nos identifiquemos en el mercado pero nos diferenciemos en aquello que puede solucionar el dolor de nuestro target pero que está descuidado por nuestra competencia… la respuesta cambia completamente.

Y para hacer esa segunda pregunta necesitas entender el negocio, el mercado, un poco de programación, la psicología del cliente, y qué información es relevante. Eso no sale de saber mucho de SEO. Sale de saber lo suficiente de varias cosas para formular el problema correctamente.

La herramienta es la misma. La diferencia está en quién la usa.

Y esto aplica a todo. El diseñador que solo sabe diseño pedirá un logo reducible, con proporciones definidas por un grid previo, y así todo lo relacionado con su área. El diseñador que entiende psicología, marca, posicionamiento, programación, arte, arquitectura, matemáticas y el contexto del negocio va a pedirle algo completamente diferente.

La capacidad de conectar mundos te da acceso a problemas que nadie más puede ver. Y en un mundo donde las tareas puramente técnicas las puede hacer una máquina, lo que queda es ver problemas completos.

Las empresas todavía contratan por especialidad porque así llevan cien años haciéndolo. Pero los problemas reales no vienen en esas cajitas. El que gana es el que puede moverse entre esas áreas, conectar los puntos, y orquestar la solución.

Lo que está pasando

Este movimiento ya venía. Lo que hizo la IA fue acelerar el cambio. Antes podías darte el lujo de ser especialista puro porque todavía había suficiente demanda. Ahora esa demanda se está evaporando rápido. Las tareas puramente técnicas las puede hacer una máquina.

Lo que queda es lo que las máquinas no pueden hacer. Ver el panorama completo. Conectar ideas de dominios diferentes. Entender contexto humano. Tomar decisiones con información incompleta. Navegar ambigüedad.

Y eso es, básicamente, lo que hacían los griegos. No porque fueran mejores que nosotros. Sino porque todavía no existía un sistema que los segmentara como piezas de engranaje.

La diferencia es que ahora tenemos las herramientas que ellos no tenían. Tenemos acceso instantáneo a todo el conocimiento humano. Podemos consultar expertos artificiales en segundos. Podemos aprender lo suficiente de un campo para movernos en él sin dedicarle diez años.

Entonces la ventaja competitiva ya no es solo saber mucho de poco. Es saber lo suficiente de mucho, saber qué preguntar, dónde encontrar la info que no memorizaste pero recuerdas que existe y saber cómo conectarlo.

No vamos a volver a ser griegos. El conocimiento humano ya es demasiado grande para que una persona lo abarque todo. Pero podemos acercarnos más de lo que pudimos en los últimos cien años. Podemos ser generalistas con acceso a conocimiento especializado. Podemos conectar ideas de campos diferentes. Podemos ver problemas completos en lugar de pedazos aislados. Y mientras más las empresas se percaten de que necesitan este tipo de profesionales, más dejará de tener carácter despectivo el calificativo de todólogo.

La especialización no va a desaparecer. Seguimos necesitando al tipo que sabe todo sobre motores de combustión. Pero ya no necesitamos solo eso. Necesitamos al tipo que entiende motores, materiales, aerodinámica, economía de producción, y puede ver cómo todo eso se conecta para diseñar el auto del futuro.

Ese tipo antes no podía existir. El costo de cruzar fronteras era demasiado alto. El sistema te castigaba por intentarlo. Ahora el costo está bajando. Y cuando eso pasa, empiezan a pasar cosas interesantes.

Porque no es solo sobre tecnología o trabajos. Es sobre cómo pensamos. Es sobre recuperar una forma de ver el mundo que perdimos cuando el saber dejó de servir para entender y empezó a servir para producir.

El tipo que sabe moverse entre mundos vuelve a tener un lugar.

Eso, creo yo, es más grande de lo que la mayoría entiende.

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